La tomó de la mano, besó su frente como siempre y se alejó con una sonrisa en los labios.
Ella se suponía que fuera alguien, estaban profundamente enamorados, compartían tantas cosas… música, sueños, libros, mañanas soleadas, películas de terror, comics y noches de fiesta que siempre duraban menos de lo que ellos hubieran deseado…
La sed de ser diferentes, el sueño utópico de cambiar el mundo; de hacer las cosas a su manera…
Una semana de encuentros, una mirada, saludos, coqueteos, un par de palabras, una película y listo… todo parecía perfecto, todo sonaba como que “debía ser”.
Él la ve alejarse y contempla todo de ella.. su traje sastre, el cabello recogido, la postura rígida… y recuerda otra época, una donde las cosas eran más simples, donde no había trajes ni horarios, ni rutinas, ni planes, ni reclamos; tan sólo el interminable deseo de estar juntos.
Evoca el cabello suelto, los jeans desteñidos y las marchas, la pasión que desbordaba en cada palabra; las ganas de comerse al mundo.
Pero con el tiempo todo se volvió tan normal que ya nada queda de eso, ahora hay planes y compromisos, hipotecas y créditos, la inacabable tarea de hacer realidad todo aquello con lo que no soñaban… y en el fondo sabe que debería sentirse de otra forma.
Camina fijando su vista en todo, en los letreros, en las caras, los escaparates… todo, nada; cualquier cosa que lo distraiga de esos oscuros pensamientos, algo que aleje de él esa sensación, que logre ocultar nuevamente al freak que lleva dentro.
Se detiene en medio de un parque y observa la parsimonia del mundo... desea contagiarse, sentirse como ellos, con esa felicidad aparente, una total indiferencia hacia lo que ha de ser su destino.
Mientras más los observa peor se siente, respira despacio, ignora el sabor amargo de todas las palabras que se ha tragado; tose, una y otra vez, mientras nota que se le nubla la vista; respira, quiere tranquilizarse y lo intenta; tal vez demasiado... ya es tarde, escucha un grito desgarrador, insoportable y doloroso que lo llena y sale de los más profundo de su ser, por su boca, sus manos y sus piernas. Pierde el control, mientras los transeúntes lo miran entre asustados y curiosos... corre.