jueves, 19 de noviembre de 2009

La llave.

La mira como si cualquier cosa, sopesando lentamente cada uno de sus ángulos, imaginando, recordando…


Como si hubiera sido ayer, tan tranquila, tan común, viajando en medio de las demás pasajeras, en un caótico vagón del metro “sólo para mujeres”, ese apartheid capitalino que genera un universo alterno, donde durante unos minutos las mujeres se sienten “seguras” compartiendo sus olores, espacios, tiempo y en una que otra ocasión incluso historias. Pero hoy no es uno de esos días, ella, viaja en silencio, apartada de las demás, recargada en el tubo, de frente a la puerta.

Una vez más la saca de su bolsa, y la vuelve a meter, la mira una y otra vez como queriendo asegurarse que sigue ahí, un poco asemejándose al niño que enfrenta un juguete de reyes muy anhelado… sus ojos van de un lado a otro, mira por la ventana, con expresión y aire tranquilo pero mirada nerviosa.

El vagón frena, un golpe repentino la hace reaccionar, voltea hacia la ventana, el policía pasa frente al vagón, ella gira su cuerpo, protegiéndose de la mirada inquisitiva, pero al mismo tiempo dándole la cara, retándolo con los ojos y él, aburrido de observar, sigue su camino.

De pronto comienza a recordar, otra mirada inquisitiva, los pasos que la seguían… el intento de huir y ese enfrentamiento cara a cara, nunca creyó tener el valor para hacer algo así; pero es claro, uno no conoce sus límites hasta que los brinca, lo que de lejos parecía una muralla, de pronto al observar desde cerca se vuelve una línea de cal en el suelo terroso, un tope, un nada. Das un paso pequeño y ya estás del otro lado.

Un hombre, tan sólo un hombre que buscaba…, pero quién iba a saber, a esas horas, en esa zona, cualquier cosa era posible, las mejores y las peores, sobre todo las peores… Regresaba del trabajo, tan sólo deseaba llegar a casa, reparar la fuga, para poder finalmente y después de semanas de goteos, dormir; pero no, él tenía que cruzarse en su camino. Había comprado la llave en una ferretería un rato antes, grande, maciza, una llave que no se rompiera al girar una tuerca, de buena calidad y peso.

No le dio tiempo de decir nada, qué necesidad de aclaraciones cuando el miedo de la vida en esta ciudad es suficiente para correr o matar. Primero intentó correr, ¡vaya cobarde que soy!, pensó. Se perdió entre las calles oscuras y vacías; recordó que alguna vez escuchó que un atacante se siente menos agresivo al reconocer en los ojos del otro, a un ser humano... Sonaba ridículo en ese momento y probablemente hubiera reído de la ironía, de no haber estado tan asustada.

Al no poder vislumbrar otra salida, y sabiendo que en poco tiempo la alcanzaría, decidió enfrentarlo, antes de darle la cara, sacó en silencio la bolsa de plástico que la envolvía, esperó, uno, dos segundos, lo sintió, lo escuchó; giró de prisa y sin pensarlo dos veces, lo golpeó en la cabeza, una, otra, otra vez, perdió la cuenta, dejó de pegar cuando sus brazos agotados ya no eran capaces de elevarse. Y fue entonces cuando la vió, justo junto al charco de sangre, su mano cerrada con algo que brillaba, lo miró, sin apenas poder creerlo, revisó su cuello y no estaba, en medio del puño semi cerrado de su, ahora inerte, “atacante” estaba la mascada que portaba tan sólo unos minutos antes, con un broche brillante del logo de la compañía en que trabajaba.

martes, 10 de noviembre de 2009

La Ladrona.

-- A mi marido no le gustó mucho la idea, pero era necesario, tú sabes con la crisis y eso... los niños… así que tuve que regresar a trabajar…




- ¿Y cómo te va ahí?



- Pues mira, apenas llevo dos meses en este hospital…



Adán miró a las dos mujeres parloteando… escuchó durante unos minutos más, pero la conversación trivial, saturada de detalles e información personal, pronto se volvió muy poco interesante; aburrido, volteó el rostro y fingió dormir. Después de todo, no era nada nuevo... ¿Cuántas veces había visto esta escena? ¿Una, diez, mil…? Día tras día mujeres y hombres: conocidos, compañeros de trabajo, amigos, parejas... un grupo fugaz de rostros compartiendo ese mismo vagón, ese espacio, tan cercano espacialmente y a la vez tan lejano como dos universos a miles de años luz... historias entrecruzadas, que sin saberlo podían modificar el rumbo de los otros, se preguntó que pasaría si se decidiera a hablarle a esas mujeres, en qué cambiaría sus historias, ¿acaso se convertiría tan sólo en otra anécdota que contarían riendo sobre el deconocido que les habló una tarde de verano en un vagón...? Divagó sobre eso hasta llegar a su estación, al bajar escuchó que se despedían; las viejas amigas que se habían reencontrado en este intrincado mundo del transporte público, un pequeño encuentro en ese medio de desencuentros.



No fue difícil olvidar el incidente de la conversación, y fácilmente hubiera olvidado ambos rostros, de no haber sido por la voz; una voz que en nada coincidía con la cara; aguda, y ligeramente nasal.
Con un mínimo esfuerzo, borró de su mente el incesante parloteo de la mujer y siguió con su día.



Una semana después, poco antes del anochecer regresó por el mismo camino, diez minutos después de abordar, escuchó una voz familiar; familiar por su tono, estridencia y la sensación que le provocaba…



Con curiosidad volteó hacia donde estaba esa mujer, y aún sin quererlo escuchó parte de la conversación, al principio distraído, después con una gran curiosidad, pues mientras más escuchaba, mayor era su asombro, no podía creer lo que estaba escuchando, la misma historia de la vez anterior con los mismos detalles: los hijos, el marido, el nuevo empleo como enfermera, todo era igual; todo, menos la narradora…



Se plantó frente a la ladrona de identidades, pensando en exponerla, en revelar su secreto. Ella volteó, lo reconoció y ante la mirada incrédula de su acompañante le guiñó un ojo cómplice y continuó su relato.






lunes, 9 de noviembre de 2009

Amante estacional

Lo miró por última vez antes de salir, mientras caminaba hacia la calle, recordó todo: las miradas encontradas en medio de la multitud, los diálogos silenciosos y, sobre todo; su sonrisa, la sonrisa que logró conquistarla; “algo de niño en un rostro de hombre, qué extrañas son las cosas de que se enamora uno”, pensó.


Siguió así, cavilando hasta su casa, dejó sus cosas, tomó un baño y se fue a dormir, con la tranquilidad de quien, por lo menos por un día, consiguió todo lo que quería.

Amanece, un día más en esta ciudad, se despierta con los borrosos recuerdos de un sueño casi real, comienza con la diaria y casi interminable rutina de todos los días, bañarse, desayunar, vestirse e ir a trabajar detrás del aparador de cristal. Horas y horas, las amigas de siempre, hora de comer, un par de clientes más y de pronto ya es tarde otra vez.

Al amanecer era sólo un cosquilleo, después de un rato, se volvió algo más, ahora son unas ansias insaciables de verlo, de encontrarse con “él”. Camina hacia el metro, con las rodillas temblando de emoción y mariposas en el estómago. Intenta tranquilizarse. Imposible, a estas alturas ya sabe que no lo logrará. Se para en el andén y observa, espera, uno, dos, tres trenes y no llega, mira hacia el otro andén, busca entre la multitud de rostros el que ansía, una y otra vez cambia de postura, nerviosa, desesperada… De pronto, lo encuentra, ahí esta una vez más, unos ojos que se cruzan, una sonrisa tímida, disimulada, el cruce de señales, la invitación y ahí está de nuevo, caminando al su lado, al lado de “él”, el extraño ser que por unas horas será todo para ella, que por sólo ese día será él, su romeo. Un rostro desconocido que, como ella, busca una aventura en la oscuridad.