Lo miró por última vez antes de salir, mientras caminaba hacia la calle, recordó todo: las miradas encontradas en medio de la multitud, los diálogos silenciosos y, sobre todo; su sonrisa, la sonrisa que logró conquistarla; “algo de niño en un rostro de hombre, qué extrañas son las cosas de que se enamora uno”, pensó.
Siguió así, cavilando hasta su casa, dejó sus cosas, tomó un baño y se fue a dormir, con la tranquilidad de quien, por lo menos por un día, consiguió todo lo que quería.
Amanece, un día más en esta ciudad, se despierta con los borrosos recuerdos de un sueño casi real, comienza con la diaria y casi interminable rutina de todos los días, bañarse, desayunar, vestirse e ir a trabajar detrás del aparador de cristal. Horas y horas, las amigas de siempre, hora de comer, un par de clientes más y de pronto ya es tarde otra vez.
Al amanecer era sólo un cosquilleo, después de un rato, se volvió algo más, ahora son unas ansias insaciables de verlo, de encontrarse con “él”. Camina hacia el metro, con las rodillas temblando de emoción y mariposas en el estómago. Intenta tranquilizarse. Imposible, a estas alturas ya sabe que no lo logrará. Se para en el andén y observa, espera, uno, dos, tres trenes y no llega, mira hacia el otro andén, busca entre la multitud de rostros el que ansía, una y otra vez cambia de postura, nerviosa, desesperada… De pronto, lo encuentra, ahí esta una vez más, unos ojos que se cruzan, una sonrisa tímida, disimulada, el cruce de señales, la invitación y ahí está de nuevo, caminando al su lado, al lado de “él”, el extraño ser que por unas horas será todo para ella, que por sólo ese día será él, su romeo. Un rostro desconocido que, como ella, busca una aventura en la oscuridad.
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