miércoles, 25 de agosto de 2010

Vida de ensueño

La tomó de la mano, besó su frente como siempre y se alejó con una sonrisa en los labios.

Ella se suponía que fuera alguien, estaban profundamente enamorados, compartían tantas cosas… música, sueños, libros, mañanas soleadas, películas de terror, comics y noches de fiesta que siempre duraban menos de lo que ellos hubieran deseado…
La sed de ser diferentes, el sueño utópico de cambiar el mundo; de hacer las cosas a su manera…


Una semana de encuentros, una mirada, saludos, coqueteos, un par de palabras, una película y listo… todo parecía perfecto, todo sonaba como que “debía ser”.

Él la ve alejarse y contempla todo de ella.. su traje sastre, el cabello recogido, la postura rígida… y recuerda otra época, una donde las cosas eran más simples, donde no había trajes ni horarios, ni rutinas, ni planes, ni reclamos; tan sólo el interminable deseo de estar juntos.



Evoca el cabello suelto, los jeans desteñidos y las marchas, la pasión que desbordaba en cada palabra; las ganas de comerse al mundo.

Pero con el tiempo todo se volvió tan normal que ya nada queda de eso, ahora hay planes y compromisos, hipotecas y créditos, la inacabable tarea de hacer realidad todo aquello con lo que no soñaban… y en el fondo sabe que debería sentirse de otra forma.




Camina fijando su vista en todo, en los letreros, en las caras, los escaparates… todo, nada; cualquier cosa que lo distraiga de esos oscuros pensamientos, algo que aleje de él esa sensación, que logre ocultar nuevamente al freak que lleva dentro.




Se detiene en medio de un parque y observa la parsimonia del mundo... desea contagiarse, sentirse como ellos, con esa felicidad aparente, una total indiferencia hacia lo que ha de ser su destino.


Mientras más los observa peor se siente, respira despacio, ignora el sabor amargo de todas las palabras que se ha tragado; tose, una y otra vez, mientras nota que se le nubla la vista; respira, quiere tranquilizarse y lo intenta; tal vez demasiado... ya es tarde, escucha un grito desgarrador, insoportable y doloroso que lo llena y sale de los más profundo de su ser, por su boca, sus manos y sus piernas. Pierde el control, mientras los transeúntes lo miran entre asustados y curiosos... corre.

jueves, 1 de julio de 2010

¡Show time!

Sube y baja, se pega al cristal, se estira un poco y la vuelve a tomar. Y canta…


Una canción pegajosa y popular, su voz llega hasta todos los rincones mientras se regocija con la silenciosa atención. Todos pueden disfrutar de su talento, mientras él se divierte jugando.

Camina entre la gente y canta, su estatura es mínima; y aún así se ve tan grande…

Pantalón de mezclilla, playera, tennis; el vestuario de cualquier estrella de pop. Así se siente, como los que salen en la tele. Nada más que a él no le gustan las cámaras. Para nada. Le enseñaron a evitarlas, a perderse entre la multitud en el momento mismo en que dejara de cantar.

Camina y canta. No mira a su público. Sus ojitos van del techo, al piso, luego al cristal y finalmente a su pelota; no hay más. Juega con ella entre sus manos, se cansa y la avienta. Sube, un metro, esta a metro y medio del piso, y se adhiere al cristal. Está fuera del alcance de sus manos, intenta alcanzarla, una, dos veces, se estira... y nada. No se impacienta, sigue cantando. Al tercer intento da un pequeño brinco y ya. La tiene en sus manos nuevamente. Rodea a la gente; a sus espectadores. Termina la canción. Camina hasta el fondo; sabe que lo que sigue es su recompensa. Ahora sí mira a la gente y mientras camina entre las filas de asientos, recita como de memoria: “un peso, por favor, dame un peso.”


Su voz infantil se escucha claramente, ahora son ellos los que lo evitan; tal vez demasiado avergonzados de sí mismos; o tal vez indiferentes ante el destino de un rostro más de esta ciudad. Hoy no hubo recompensa; Nada, ni un peso. Llegamos a la estación. Baja corriendo y se pierde entre la multitud, esperando un nuevo vagón, otra canción y más pesos.

domingo, 14 de febrero de 2010

Lluvia nocturna

Abre los ojos. Despacio, levanta la cara sólo para descubrir que una vez más es necesario cambiar la funda. Un día tan sólo un día duró. Lástima. En medio del cansancio que le hace cerrar los ojos recoge todo, dobla las sábanas y las pone en el cesto.

Una ducha fría, termina de despertar a todo su organismo. Hace frío, pero no importa, sabe que hay cosas peores. Traje negro, camisa blanca, corbata lisa. Bolea los zapatos, ni una mancha, nada queda de la lluvia de ayer. Sin rastros no hay evidencias, se borran los recuerdos y desaparece el pasado.

Camina hasta la esquina, espera el taxi; lo piensa una vez más, tal vez demasiado. Al final, lo deja pasar. Sigue esperando, llega el camión, estira el brazo en el último minuto. El chofer se detiene, no sin antes pasar sobre el charco que se extiende frente a él y salpicarle los zapatos. Molesto por el incidente, sube los escalones, paga sin decir nada y camina hasta el fondo.

Se baja diez minutos después, ella ya lo espera ahí. Sube al auto, saluda y no dice nada más. Escucha y contesta, aunque no esté de acuerdo, no discute. Llega al edificio y desciende mientras ella va a estacionarse. Entra, saluda al vigilante y busca el baño para limpiarse los zapatos. Cuando sale, ya han llegado varios de los empleados, los saluda, revisa cuidadosamente cada detalle: repisas, flores, cojines; todo en orden. Ellos lo esperan, parados en una fila ordenada, como siempre. Se planta frente a ellos; sus empleados, los mira fríamente, camina y da indicaciones: …el nudo de la corbata está muy ajustado… el collar es muy vistoso… un pequeño retoque de gel en su peinado… todo listo.

Son las 8:05 y, aunque el plan es que sus clientes lleguen a las 8:30, sabe que no será así. Siempre se adelantan. Es probablemente una de las pocas veces en que esas personas no sólo llegarán a tiempo, sino incluso con tiempo extra de espera. Irónicamente, pues dentro de sus ajetreadas vidas no notan que en esta situación tanto da llegar media hora antes, como tres horas después. La situación no cambiará.

No se equivoca, apenas pasan de las 8:17 y ya han llegado los primeros, respetuoso, saluda. Fríamente pero con un tono cordial los invita a sentarse, les explica el protocolo y les ofrece una taza de café. Espera a que decidan, sabe que tardarán mínimo diez minutos en hacerlo, sale de su oficina dándoles espacio y tiempo. Es comprensivo. Sus empleados lo han visto siempre así, amable, cordial, pero frío y distante; no entienden cómo puede ser alguien al mismo tiempo tan cercano y distante. Una técnica dominada con años de práctica quizá. Una de las reglas de la profesión, no involucrarse.

Tras quince minutos uno de ellos sale a buscarlo, el hijo. Regresa, les da los papeles a firmar y los acompaña hasta la sala de espera. Mientras caminan uno se desmorona. Va por un kleenex y se lo ofrece. Pero sólo eso, sin manos ni apoyo de ningún otro tipo. Después de todo es una agencia funeraria, no un consultorio sicológico. Ha escuchado suficientes historias, no da pie para que se las cuenten.

El día de hoy son sólo un padre y una hija, dos familias. Una de las empleadas nuevas, la que lo lleva al trabajo cada día desde hace un mes lo odia cada día más, simplemente no entiende, no sabe cómo puede ser tan insensible al dolor ajeno. Continuamente susurra a sus espaldas, pero no lo encara.

De vez en cuando alguien pregunta sobre la cicatriz, es normal la curiosidad, piensa. Pero siempre da una respuesta diferente dependiendo de la situación. A veces es una caída, otras una pelea, un botellazo; todo, cualquier cosa... Cualquiera menos la más dolorosa: la verdad.

Pasan horas y horas, entre llanto, rezos, velas y flores. Tantas flores como para marear a cualquiera con su olor, todas las flores que nunca nadie recibe en vida.

Alrededor de media noche sale, tras asegurarse de que no hay nada importante que hacer y que sus clientes están satisfechos y bien atendidos, tan bien como lo pueden estar en esas circunstancias. Mucho mejor de lo que cualquiera imagina. Él lo sabe, la mitad de las veces son más las risas que los llantos, sabe cuando alguien fue muy amado, no por el número de arreglos florales, sino por los ojos y las historias, miles de historias. No por la cantidad de abrazos que tienen los vivos para llorar sino por la cantidad de ojos rojos. Por los que no lloran en público como una muestra de su dolor, sino por los que al saberlo, en medio del shock lloraron todo y que están ahí poniendo buena cara frente a la tempestad. Por los que para despedirse no usaron su mejor ropa, sino la que traían en ese momento...

Camina hasta la avenida, pudo pedir un taxi, pero qué mas da, sigue caminando por las calles de esta ciudad. Comienza a llover. Gruesas gotas que lo empapan. Bajan por su rostro, tibias y salinas. Y de pronto se da cuenta de que el piso no está húmedo, que no hay charcos, ni gotas, ni nubes, nada. La lluvia que nubla su visión sale de sus ojos y el agua que lo empapa es la de sus lágrimas, las lágrimas calladas del hermano, de la esposa, de los padres... Las lágrimas de comprensión, las lágrimas que se calló a lo largo de todo el día y que ahora le empapan los pies. Las lágrimas de quien sabe del dolor, que lo vive y lucha contra él mientras hay sol, pero que inevitablemente sucumbe cuando éste desaparece del cielo dejándolo en total oscuridad.

miércoles, 27 de enero de 2010

La hoja de papel

Salió corriendo, iba tarde y ya no le alcanzó el tiempo ni para desayunar, en medio de una gran prisa se topó con él, casi cae al suelo; se disculpó y siguió su camino..

Él la miró y sin poder entender por qué lo había visto sin verlo y siguió su camino sin decir otra cosa que un breve y casi inaudible “perdón”, no pudo entenderlo, no quiso creerlo, parecía como si él ya no existiera…

Siguió su camino sin entender lo que había ocurrido, con la misma prisa que ella y una gran confusión que lo hizo perder el camión, desesperado y confundido, envuelto en una red de recuerdos y nostalgia, sintiendo ese mismo dolor que lo atenazó al principio y que creyó olvidado. Ella olvidó el encuentro al instante, siguió su camino y se encerró en la paz de su oficina por el resto del día, entre los pendientes y las llamadas que atendió hasta la hora de la comida, no tuvo tiempo siquiera de comer, menos aún de pensar en tonterías.

Comió sola y poco, pues tenía que regresar pronto, había tanto por hacer…

Salió tarde y tomó el metro de regreso a su casa, al llegar cenó un poco de cereal, yogurt y dos horas de noticiero antes de perderse en los “brazos de morfeo”… Durmió mucho y hasta tarde, pero al despertar se sentía más cansada, sus sueños fueron mas pesadillas que otra cosa y cuando se despertó se dio cuenta de que no sólo había llorado dentro del sueño, pues su almohada estaba empapada, sin entender muy bien por qué lloraba, y sin recordar absolutamente nada del sueño, se levantó y se arregló deprisa pues una vez más era tarde para ir a trabajar…

Nunca más habría de recordar el rostro, ni el nombre de ese hombre que a lo lejos la miraba tomar el autobús, jamás entendería por qué su almohada estaba siempre empapada, ni por qué había tantos “huecos” en su memoria, vacíos que jamás podría llenar, hojas de un cuaderno que en un afán de olvido fueron incineradas para no recordarlas jamás…