Sube y baja, se pega al cristal, se estira un poco y la vuelve a tomar. Y canta…
Una canción pegajosa y popular, su voz llega hasta todos los rincones mientras se regocija con la silenciosa atención. Todos pueden disfrutar de su talento, mientras él se divierte jugando.
Camina entre la gente y canta, su estatura es mínima; y aún así se ve tan grande…
Pantalón de mezclilla, playera, tennis; el vestuario de cualquier estrella de pop. Así se siente, como los que salen en la tele. Nada más que a él no le gustan las cámaras. Para nada. Le enseñaron a evitarlas, a perderse entre la multitud en el momento mismo en que dejara de cantar.
Camina y canta. No mira a su público. Sus ojitos van del techo, al piso, luego al cristal y finalmente a su pelota; no hay más. Juega con ella entre sus manos, se cansa y la avienta. Sube, un metro, esta a metro y medio del piso, y se adhiere al cristal. Está fuera del alcance de sus manos, intenta alcanzarla, una, dos veces, se estira... y nada. No se impacienta, sigue cantando. Al tercer intento da un pequeño brinco y ya. La tiene en sus manos nuevamente. Rodea a la gente; a sus espectadores. Termina la canción. Camina hasta el fondo; sabe que lo que sigue es su recompensa. Ahora sí mira a la gente y mientras camina entre las filas de asientos, recita como de memoria: “un peso, por favor, dame un peso.”
Su voz infantil se escucha claramente, ahora son ellos los que lo evitan; tal vez demasiado avergonzados de sí mismos; o tal vez indiferentes ante el destino de un rostro más de esta ciudad. Hoy no hubo recompensa; Nada, ni un peso. Llegamos a la estación. Baja corriendo y se pierde entre la multitud, esperando un nuevo vagón, otra canción y más pesos.
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