-- A mi marido no le gustó mucho la idea, pero era necesario, tú sabes con la crisis y eso... los niños… así que tuve que regresar a trabajar…
- ¿Y cómo te va ahí?
- Pues mira, apenas llevo dos meses en este hospital…
Adán miró a las dos mujeres parloteando… escuchó durante unos minutos más, pero la conversación trivial, saturada de detalles e información personal, pronto se volvió muy poco interesante; aburrido, volteó el rostro y fingió dormir. Después de todo, no era nada nuevo... ¿Cuántas veces había visto esta escena? ¿Una, diez, mil…? Día tras día mujeres y hombres: conocidos, compañeros de trabajo, amigos, parejas... un grupo fugaz de rostros compartiendo ese mismo vagón, ese espacio, tan cercano espacialmente y a la vez tan lejano como dos universos a miles de años luz... historias entrecruzadas, que sin saberlo podían modificar el rumbo de los otros, se preguntó que pasaría si se decidiera a hablarle a esas mujeres, en qué cambiaría sus historias, ¿acaso se convertiría tan sólo en otra anécdota que contarían riendo sobre el deconocido que les habló una tarde de verano en un vagón...? Divagó sobre eso hasta llegar a su estación, al bajar escuchó que se despedían; las viejas amigas que se habían reencontrado en este intrincado mundo del transporte público, un pequeño encuentro en ese medio de desencuentros.
No fue difícil olvidar el incidente de la conversación, y fácilmente hubiera olvidado ambos rostros, de no haber sido por la voz; una voz que en nada coincidía con la cara; aguda, y ligeramente nasal.
Con un mínimo esfuerzo, borró de su mente el incesante parloteo de la mujer y siguió con su día.
Una semana después, poco antes del anochecer regresó por el mismo camino, diez minutos después de abordar, escuchó una voz familiar; familiar por su tono, estridencia y la sensación que le provocaba…
Con curiosidad volteó hacia donde estaba esa mujer, y aún sin quererlo escuchó parte de la conversación, al principio distraído, después con una gran curiosidad, pues mientras más escuchaba, mayor era su asombro, no podía creer lo que estaba escuchando, la misma historia de la vez anterior con los mismos detalles: los hijos, el marido, el nuevo empleo como enfermera, todo era igual; todo, menos la narradora…
Se plantó frente a la ladrona de identidades, pensando en exponerla, en revelar su secreto. Ella volteó, lo reconoció y ante la mirada incrédula de su acompañante le guiñó un ojo cómplice y continuó su relato.
- ¿Y cómo te va ahí?
- Pues mira, apenas llevo dos meses en este hospital…
Adán miró a las dos mujeres parloteando… escuchó durante unos minutos más, pero la conversación trivial, saturada de detalles e información personal, pronto se volvió muy poco interesante; aburrido, volteó el rostro y fingió dormir. Después de todo, no era nada nuevo... ¿Cuántas veces había visto esta escena? ¿Una, diez, mil…? Día tras día mujeres y hombres: conocidos, compañeros de trabajo, amigos, parejas... un grupo fugaz de rostros compartiendo ese mismo vagón, ese espacio, tan cercano espacialmente y a la vez tan lejano como dos universos a miles de años luz... historias entrecruzadas, que sin saberlo podían modificar el rumbo de los otros, se preguntó que pasaría si se decidiera a hablarle a esas mujeres, en qué cambiaría sus historias, ¿acaso se convertiría tan sólo en otra anécdota que contarían riendo sobre el deconocido que les habló una tarde de verano en un vagón...? Divagó sobre eso hasta llegar a su estación, al bajar escuchó que se despedían; las viejas amigas que se habían reencontrado en este intrincado mundo del transporte público, un pequeño encuentro en ese medio de desencuentros.
No fue difícil olvidar el incidente de la conversación, y fácilmente hubiera olvidado ambos rostros, de no haber sido por la voz; una voz que en nada coincidía con la cara; aguda, y ligeramente nasal.
Con un mínimo esfuerzo, borró de su mente el incesante parloteo de la mujer y siguió con su día.
Una semana después, poco antes del anochecer regresó por el mismo camino, diez minutos después de abordar, escuchó una voz familiar; familiar por su tono, estridencia y la sensación que le provocaba…
Con curiosidad volteó hacia donde estaba esa mujer, y aún sin quererlo escuchó parte de la conversación, al principio distraído, después con una gran curiosidad, pues mientras más escuchaba, mayor era su asombro, no podía creer lo que estaba escuchando, la misma historia de la vez anterior con los mismos detalles: los hijos, el marido, el nuevo empleo como enfermera, todo era igual; todo, menos la narradora…
Se plantó frente a la ladrona de identidades, pensando en exponerla, en revelar su secreto. Ella volteó, lo reconoció y ante la mirada incrédula de su acompañante le guiñó un ojo cómplice y continuó su relato.
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