La mira como si cualquier cosa, sopesando lentamente cada uno de sus ángulos, imaginando, recordando…
Como si hubiera sido ayer, tan tranquila, tan común, viajando en medio de las demás pasajeras, en un caótico vagón del metro “sólo para mujeres”, ese apartheid capitalino que genera un universo alterno, donde durante unos minutos las mujeres se sienten “seguras” compartiendo sus olores, espacios, tiempo y en una que otra ocasión incluso historias. Pero hoy no es uno de esos días, ella, viaja en silencio, apartada de las demás, recargada en el tubo, de frente a la puerta.
Una vez más la saca de su bolsa, y la vuelve a meter, la mira una y otra vez como queriendo asegurarse que sigue ahí, un poco asemejándose al niño que enfrenta un juguete de reyes muy anhelado… sus ojos van de un lado a otro, mira por la ventana, con expresión y aire tranquilo pero mirada nerviosa.
El vagón frena, un golpe repentino la hace reaccionar, voltea hacia la ventana, el policía pasa frente al vagón, ella gira su cuerpo, protegiéndose de la mirada inquisitiva, pero al mismo tiempo dándole la cara, retándolo con los ojos y él, aburrido de observar, sigue su camino.
De pronto comienza a recordar, otra mirada inquisitiva, los pasos que la seguían… el intento de huir y ese enfrentamiento cara a cara, nunca creyó tener el valor para hacer algo así; pero es claro, uno no conoce sus límites hasta que los brinca, lo que de lejos parecía una muralla, de pronto al observar desde cerca se vuelve una línea de cal en el suelo terroso, un tope, un nada. Das un paso pequeño y ya estás del otro lado.
Un hombre, tan sólo un hombre que buscaba…, pero quién iba a saber, a esas horas, en esa zona, cualquier cosa era posible, las mejores y las peores, sobre todo las peores… Regresaba del trabajo, tan sólo deseaba llegar a casa, reparar la fuga, para poder finalmente y después de semanas de goteos, dormir; pero no, él tenía que cruzarse en su camino. Había comprado la llave en una ferretería un rato antes, grande, maciza, una llave que no se rompiera al girar una tuerca, de buena calidad y peso.
No le dio tiempo de decir nada, qué necesidad de aclaraciones cuando el miedo de la vida en esta ciudad es suficiente para correr o matar. Primero intentó correr, ¡vaya cobarde que soy!, pensó. Se perdió entre las calles oscuras y vacías; recordó que alguna vez escuchó que un atacante se siente menos agresivo al reconocer en los ojos del otro, a un ser humano... Sonaba ridículo en ese momento y probablemente hubiera reído de la ironía, de no haber estado tan asustada.
Al no poder vislumbrar otra salida, y sabiendo que en poco tiempo la alcanzaría, decidió enfrentarlo, antes de darle la cara, sacó en silencio la bolsa de plástico que la envolvía, esperó, uno, dos segundos, lo sintió, lo escuchó; giró de prisa y sin pensarlo dos veces, lo golpeó en la cabeza, una, otra, otra vez, perdió la cuenta, dejó de pegar cuando sus brazos agotados ya no eran capaces de elevarse. Y fue entonces cuando la vió, justo junto al charco de sangre, su mano cerrada con algo que brillaba, lo miró, sin apenas poder creerlo, revisó su cuello y no estaba, en medio del puño semi cerrado de su, ahora inerte, “atacante” estaba la mascada que portaba tan sólo unos minutos antes, con un broche brillante del logo de la compañía en que trabajaba.
Al no poder vislumbrar otra salida, y sabiendo que en poco tiempo la alcanzaría, decidió enfrentarlo, antes de darle la cara, sacó en silencio la bolsa de plástico que la envolvía, esperó, uno, dos segundos, lo sintió, lo escuchó; giró de prisa y sin pensarlo dos veces, lo golpeó en la cabeza, una, otra, otra vez, perdió la cuenta, dejó de pegar cuando sus brazos agotados ya no eran capaces de elevarse. Y fue entonces cuando la vió, justo junto al charco de sangre, su mano cerrada con algo que brillaba, lo miró, sin apenas poder creerlo, revisó su cuello y no estaba, en medio del puño semi cerrado de su, ahora inerte, “atacante” estaba la mascada que portaba tan sólo unos minutos antes, con un broche brillante del logo de la compañía en que trabajaba.
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ResponderEliminarMe llegó por casualidad por medio de correos de méxico una llave de tuercas junto con una credencial de la compañía aquélla ya desparecida: ¿CFE?, pensé en llamar a la policía, pero luego leí tu crónica y lo entendí todo.
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